El Monasterio

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Sir Piercie la condujo cerca de un sauce llorón que crecía en la orilla del río, le hizo tomar asiento sobre el césped y le suplicó que cesara de llorar.

—¡Oh —le dijo— generosa libertadora! Piercie Shafton creería comprar demasiado caro el servicio que le habéis prestado, si hubiera podido imaginarse que había de costaros tantas lágrimas. Reveladme la causa de vuestra aflicción, y, si puedo consolaros, obedeceré vuestras órdenes como las de una reina. Hablad, pues, amable molinera. ¿Qué mandáis al que es vuestro deudor y vuestro campeón? ¡Hablad! ¿Qué me mandáis?

—Que huyáis pronto y os pongáis en salvo —contestó Mysie haciendo un esfuerzo para pronunciar estas breves palabras.

—Me es imposible alejarme sin dejaros alguna prenda que os sirva para que me recordéis.

Si sus lágrimas le hubieran permitido hablar, Mysie habría contestado que no necesitaba ninguna prenda para tenerlo siempre en la memoria.

—Piercie Shafton no es rico —prosiguió el caballero, pero esta cadena puede probaros que no es ingrato a su libertadora.

Y, al decir esto, quitose del cuello la rica cadena que de él llevaba pendiente y la depositó en las manos de la desdichada joven, que ni la aceptaba ni la rehusaba, pues, presa de las sensaciones más penosas, solo obraba instintivamente.


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