El Monasterio

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Hay personas a las que el sentimiento religioso les fue inculcado en el fragor de las tempestades y de las tormentas, y otras a quienes este sentimiento les habló en medio de las vanidades mundanas; también las hay que han oído esta voz celeste en las apacibles horas de la vida campestre; pero, sin duda alguna, producen más impresión en nosotros en los terribles momentos de prueba, cuando las lágrimas son un rocío benéfico que, fecundando la semilla divina, la hace arraigar en nuestro corazón. Al menos esto fue lo que ocurrió a María Avenel, que permaneció insensible ante el espantoso estrépito que producían abajo con las barras de hierro y ante los golpes de palanca que descargaban los que trataban de forzar las puertas de la torre.

—En mi alma reina la tranquilidad del Cielo —dijo—; el ruido que escucho es la voz de la tierra, la voz de las pasiones humanas.

Al mediodía los moradores de la torre de Glendearg continuaban aun encerrados entre sus muros, cuando recibieron un socorro inesperado en la persona de Cristián de Clint-hill, que llegaba a la cabeza de un pequeño destacamento compuesto de cuatro jinetes, en cuyos birretes veíase el ramo de acebo que distinguía a los hombres de armas al servicio de la casa de Avenel.

—¡Hola! ¡Eh! ¡La puerta! —exclamó—. Os traigo un prisionero.


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