El Monasterio
El Monasterio —Mejor serÃa que nos pusierais en libertad —le contestó Dan de Howlet-hirst.
—Aunque tuviera que ser ahorcado no podrÃa por menos de reÃrme al veros detrás de vuestras rejas como ratas dentro de una ratonera —exclamó, advirtiendo lo que ocurrÃa—. ¿Pero quién es esa rata vieja de barba larga que está ahà detrás?
—Hablad con más respeto —repuso Eduardo—. Es el subprior de Santa MarÃa; pero no es este el lugar ni la ocasión de decir bromas.
—¿Por qué? —contestó Cristián—. ¿Estáis de mal humor? Pues aunque fuese mi verdadero padre, me reirÃa. Sin embargo, voy a prestaros ayuda, pues estáis trabajando como unos torpes. Colocad la palanca más cerca de los goznes: asÃ. Pasadme ahora otra a través de los barrotes de vuestra jaula. He forzado tantas puertas de castillos como dientes tenéis en la boca, y sé cómo se practican estas operaciones.
Cristián no habÃa exagerado su habilidad en esta clase de trabajo, y como todos ejecutaran sus órdenes, en menos de media hora la puerta de hierro, que habÃa resistido tan tenazmente hasta entonces, cedió a los esfuerzos mejor combinados.
—Ahora, amigos —exclamó Eduardo—, todos a caballo en persecución del desalmado Shafton.