El Monasterio

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CAPÍTULO XXXI

«Érase que se era un antiguo amigo de colegio, joven prudente, aplicado y estudioso. Mientras sus compañeros solo pensaban en el juego, él no cesaba de estudiar, y hasta en el refectorio, pensaba más en el trabajo que en la comida que tenía delante».

(Comedia antigua).

El subprior entró en la torre y se dirigió a la sala grande, seguido de Cristián. El merodeador cerró la puerta de la estancia y, acercándose a él con confianza y familiaridad, le dijo:

—Señor subprior, estoy encargado de presentaros los respetos de mi señor, a vos en particular y en especial al señor abad, aunque todo el mundo sabe que sois el alma de la comunidad.

—Si tenéis algo que manifestarme respecto a nuestra casa, os ruego que os dejéis de preámbulos. El tiempo transcurre y estoy muy preocupado por la suerte de Alberto Glendinning.

—Nada tenéis que temer por él, pues está tan vivo como yo.

—¿Deberé comunicar esta buena noticia a su desconsolada madre? —pensó el fraile—. No; más vale esperar el resultado de las investigaciones que Eduardo está practicando. —Y, luego, en voz alta, preguntó—:


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