El Monasterio
El Monasterio —¡Ya lo creo! Si encontráis algo que se parezca a Alberto —agregó Cristián— me comprometo a comérmelo sin sal. ¡Pero ved cómo el gallardo joven corre cuesta abajo! No se conoce bien a las gentes hasta el momento de obrar. Al verlo sentado en él rincón de la chimenea, distraÃdo con sus libros, sus plumas y otras tonterÃas, ¿quién hubiera podido creerle dotado de tanta energÃa? Era un arcabuz cargado, que parece un palo hasta que se aprieta el gatillo y se dispara. Pero se me ha confiado un prisionero y tengo algo que deciros acerca de él, señor subprior.
Y, dicho esto, hizo una seña a su destacamento que continuaba a la puerta del patio, para que introdujeran a Enrique Warden.
El predicador del Evangelio iba atado de pies y manos sobre un caballo.