El Monasterio
El Monasterio —Padre —le dijo muy respetuosamente, lo que no dejó de sorprender a los que lo conocÃan—, confieso que algunas veces me burlo de los frailes; pero esto no me ocurrirá nunca con vos, porque no olvido que os debo la vida. Tan verdad como el sol que nos alumbra, es que Alberto Glendinning comió anoche en la mesa de mi amo el barón de Avenel. Llegó al castillo acompañado de un anciano hablador, de quien os hablaré luego.
—Y, ¿dónde está ahora? —preguntó el subprior.
—Solo el diablo podrÃa contestar a esa pregunta, pues no dudo que toda la familia está poseÃda del demonio. Parece que, ofendido por algunas palabras que le dirigió el barón, se arrojó al lago como un pato salvaje y ganó la orilla a nado. RobÃn de Redcastle reventó un caballo en persecución suya.
—¿Y por qué lo perseguÃa? ¿Qué crimen habÃa cometido Alberto?
—Ninguno; pero esta era la orden del barón, que querÃa alistarlo a su servicio.
—Entonces, Eduardo, ¿adónde queréis ir ya tan de prisa? —preguntó el subprior.
—Al Corri-nan-shian, padre; quiero abrir la sepultura. MartÃn, Dan, Ady, amigos mÃos, coged palas y azadas y seguidme.
—Observad bien cuando allà encontréis —recomendó el padre Eustaquio.