El Monasterio

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—¿De quién habláis, hijo mío? —le preguntó el predicador, tan tranquilamente como si no hubiera de ser enviado a una prisión para subir después al cadalso—. ¿De quién habláis? Si es de un joven de ojos y cabellos negros, de tez algo morena, de aspecto franco y poco más o menos de vuestra edad, pero más vigoroso, quizá pueda daros noticias suyas.

—¡Hablad, pues, hablad pronto! —exclamó Eduardo—. Acabáis de hacer el retrato de mi hermano.

El padre Eustaquio le hizo la misma petición, y Warden les relató cómo había encontrado a Glendinning, a quien describió de tal modo que fue imposible dudar de la identidad de su persona. Cuando habló del lugar agreste y apartado a donde Alberto le había conducido, que no podía ser otro que el Corri-nan-shian, y agregó que había visto la hierba teñida de sangre, y una sepultura recientemente cubierta de tierra, y que el joven se acusaba de haber dado muerte a sir Piercie Shafton en singular combate, el subprior miró a Eduardo con sorpresa.

—¿No acabáis de decimos —le preguntó— que en aquel sitio no existe el menor vestigio de sepultura?

—Ni señales siquiera de que la tierra haya sido removida —insistió Eduardo—. Sin embargo —añadió—, el césped parecía estar pisoteado y enrojecido.


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