El Monasterio

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—Esas son ilusiones que os ha inspirado el enemigo del género humano —dijo el subprior, haciendo la señal de la cruz.

—Si así fuera —contestó Warden—, los cristianos deberían recurrir a la oración antes que a ese signo vano, que parece cabalístico.

—La señal de nuestra salvación —exclamó el fraile— desarma a todos los espíritus malos.

—Sí —contestó el predicador, siempre dispuesto a la controversia—, pero esa señal debe llevarse sobre el corazón y no trazarla en el aire con la mano. Tan fácil sería encontrar en la atmósfera impasible la impresión de vuestro ademán, como probar que una acción externa basta al falso devoto que sustituye, con inútiles genuflexiones y señales de la cruz, los verdaderos deberes de la fe.

—Os compadezco —contestó el subprior no menos dispuesto a la réplica—, os tengo lástima, Enrique, y no quiero contestaros. Tan difícil es medir el océano con una criba, como determinar el poder de las santas palabras, de los signos y los gestos sin más auxilio que el de vuestra razón.

—¡Dios mío, perdonadlo, que no sabe lo que dice! —exclamó Warden.

Y, volviéndose hacia Eduardo Glendinning, le dijo que ya podía informar a su madre de que su hijo vivía aún.


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