El Monasterio

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—Porque me inspira horror, padre, he tomado la determinación de abrazar el estado religioso. Quiero seguiros al monasterio de Santa María, y con la protección de la Virgen Santísima y de San Benito, pediré al abad permiso para pronunciar mis votos.

—Ahora no, hijo mío; en la disposición de ánimo en que estáis, no puedo permitiros que contraigáis lazos indisolubles que después habían de ocasionaros mucho pesar. Es muy laudable sacrificar el mundo para dedicarse a Dios; pero este sacrificio debe hacerse tranquilamente y después de reflexionar mucho, y no en medio de la efervescencia de las pasiones. Si os hablo así, hijo mío, es porque quiero estar seguro de vuestra vocación.

—Hay resoluciones, padre —contestó Eduardo con firmeza—, que necesitan ser ejecutadas tan pronto como se adoptan, y esta es una de ellas. ¡O ahora, o nunca! Mis ojos no deben presenciar la entrada de Alberto en esta casa. La vergüenza y el remordimiento podrían inducirme a cometer un desatino… Os lo repito, padre, permitidme que os siga.

—Pues bien, hijo mío, seguidme; pero nuestra regla y la razón, exigen que paséis cierto tiempo en calidad de novicio, antes de que os sea permitido pronunciar los votos definitivos, que os separarán para siempre del mundo, consagrándoos al servicio de Dios.


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