El Monasterio

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—Y ¿cuándo emprendemos la marcha, padre mío? —preguntó el joven con el mismo apresuramiento que si se tratara de acudir a una fiesta.

—Ahora mismo, si así lo deseáis —contestó el padre Eustaquio—. Id a hacer vuestros preparativos… Pero, esperad un momento —añadió cuando ya Eduardo se disponía a alejarse con gran precipitación—. Acercaos, hijo, y arrodillaos de nuevo.

Eduardo obedeció. Aunque el subprior no tenía un rostro muy imponente, su enérgica y su viva y sincera devoción inspiraban un sentimiento de respeto a todos los que lo tomaban por director espiritual. Su corazón estaba siempre de acuerdo con su deber para desempeñar sus funciones sacerdotales, y quien está profundamente convencido de la importancia de su ministerio, rara vez deja de producir impresión en el ánimo de los que le escuchan. En semejantes ocasiones, la pequeña estatua del padre Eustaquio parecía agigantarse; sus facciones se ennoblecían, su voz, siempre bella y expresiva, parecía inspirada por la Divinidad; y, en fin, toda su persona descubría al ministro de la Iglesia, de quien ha recibido poderes para descargar al pecador del peso de sus culpas.

—Hijo mío —dijo a Eduardo—, ¿me habéis relatado, fielmente, todas las circunstancias que tan de repente os han decidido a abrazar la vida religiosa?


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