El Monasterio
El Monasterio —Os he confesado todas mis faltas, padre mÃo; pero no os he hablado aún de una aventura muy extraña que ha contribuido mucho a que yo adopte esta determinación.
—ReferÃdmela, pues, para que pueda yo conocer todas las tentaciones que el diablo os sugiere.
—Con repugnancia os la contaré, padre; pues, aunque Dios es testigo de que diré la verdad, estoy tentado de creerla una fábula.
—¡No importa! Explicaos sin reserva. Acaso tenga yo razones para creer verdad lo que a los demás puede parecer impostura.
—Entonces sabed, padre mÃo, que luchando entre el temor y la esperanza… ¡qué esperanza, gran Dios!, ¡la de encontrar el cuerpo ensangrentado de mi hermano!, me dirigà al lugar llamado el Corri-nan-shian. Como vuestra reverencia sabe, allà MartÃn habÃa visto una sepultura ayer mañana, no encontró el menor indicio de que la tierra hubiera sido removida. Mis compañeros, al advertir que el testimonio de sus ojos contradecÃa lo que MartÃn habÃa manifestado, se asustaron y emprendieron la fuga precipitadamente. Vi frustrada mi cruel esperanza, y quedé en una situación de ánimo que no me permitÃa temer a los vivos ni a los muertos. Me alejaba, pues, de aquel paraje, entregado a mis sombrÃas reflexiones, cuando, al volverme a mirar hacia atrás, vi a una mujer de pie cerca de la fuente.