El Monasterio
El Monasterio —Hijo mÃo, no bromeéis en vuestra situación actual.
—No bromeo, padre mÃo. Vi, efectivamente, a una mujer vestida de blanco, como representan a la Dama de Avenel. Creedme, padre, pues el Cielo es testigo de que es cierto lo que os digo. La vi con mis ojos.
—Os creo, hijo mÃo. Proseguid vuestro extraño relato.
—Esa mujer, o mejor dicho, ese espÃritu, pronunció algunas palabras con tono melancólico y después desapareció gradualmente confundiéndose con el aire que la rodeaba. Por extraño que pueda pareceros, sus palabras han quedado grabadas en mi memoria con tanta fidelidad como si las hubiera aprendido en mi infancia. Dijo asÃ:
«Una esperanza inhumana, que no te atreves a confesarte, te ha traÃdo al borde de mi fuente; pero tus proyectos se han frustrado, porque tu hermano vive aún. Tú eres el que debe morir para el mundo; ve a ocultar tus dolores al monasterio, y que el ayuno y la oración te curen la pasión insensata que alimentas. Alejado del mundo y sus vanas pompas, encontrarás la paz del espÃritu de que tanto has menester».