El Monasterio
El Monasterio —Es una aventura verdaderamente singular —dijo el subprior—; pero sea el que quiera el poder sobrenatural a que debamos atribuirla, frustraremos las maquinaciones de Satanás. Vendréis conmigo, puesto que asà lo deseáis, Eduardo, y haréis vuestro noviciado en la vida religiosa, a la que desde hace tiempo os creÃa destinado. Me ayudaréis, a sostener el arca santa que los hombres audaces y temerarios se atreven a profanar con demasiada frecuencia. Id a despediros de vuestra madre.
—¡No quiero ver a nadie! —repuso Eduardo—. No quiero verme expuesto a arrepentirme de mi resolución. Prefiero darles la noticia desde el monasterio de Santa MarÃa. Mi feliz hermano, ese hermano a quien deseo la felicidad, a pesar de los sentimientos de envidia que me inspira aún, sabrá, como todos los demás, que Eduardo ha dejado de ser un obstáculo a su dicha. MarÃa no tendrá ya necesidad de disimular su amor cuando me encuentre a su lado; podrá…
—Hijo mÃo —interrumpió el padre Eustaquio—, no es mirando hacia atrás, dirigiendo la vista a las vanidades del mundo y a sus pasiones, como hay que disponerse a cumplir los deberes de la vida religiosa. Mandad que ensillen los caballos, y en el camino os informaré de cómo se puede alcanzar la felicidad en medio del sufrimiento.