El Monasterio

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—¡Oh! —exclamó el predicador. Es un modo de asegurar a vuestro prisionero mucho mejor que con todas las cadenas de que hubieran podido cargarle en las prisiones del convento. No haré nada que os traiga las censuras y los reproches de vuestros superiores. Me quedaré aquí de tanta mejor gana cuanto que abrigo la esperanza de volver a veros y arrancaros de las garras de Satanás.

Al oír estas palabras que le recordaban sus propios sentimientos, el subprior se enardeció y repuso:

—¡Gracias a Dios y a la Santísima Virgen, mi fe ha anclado ya sobre la piedra en que San Pedro fundó su iglesia!

—Aplicáis mal texto —replicó Warden—; incurrís en una paronomasia.

La controversia iba a empezar de nuevo, y tal vez la hubiera terminado una orden de conducir al desdichado predicador al monasterio, si Cristián de Clint-hill no hubiera indicado que el sol estaba próximo a ponerse y que era preciso atravesar el valle, que no gozaba de muy buena fama, por lo que era ya hora de ponerse en marcha. El subprior suspendió la polémica, y se despidió de Enrique Warden, diciéndole que confiaba en su gratitud y en su generosidad.


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