El Monasterio
El Monasterio —Si lo conduzco a la abadÃa —pensaba— su pérdida es segura. Morirá y se perderá su alma. Realmente, es necesario un gran ejemplo, para aterrorizar a los herejes; pero su número es tan considerable, que no se conseguirá más que irritar su furor e inspirarles deseos de venganza. Se niega a prometer no sembrar su cizaña entre nuestro buen grano; pero el terreno es demasiado estéril aquà para que estas semillas perniciosas den fruto. Hubiera podido temer por Eduardo, dada su sed ardiente de adquirir nuevos conocimientos; pero ese peligro no existe ya, puesto que viene conmigo. Wellwood no podrá derramar aquà sus perniciosas doctrinas; le salvaré la vida; y ¿quién sabe si podré salvarle también el alma? Haré lo posible por desengañarle y volverle el buen camino, pues su arrepentimiento serÃa mucho más útil a la Iglesia que su muerte.
Hechas estas reflexiones que le habÃan inspirado sus sentimientos humanitarios y, acaso también su amor propio, el padre Eustaquio mandó que condujeran al prisionero a su presencia.
—Enrique —le dijo—, a pesar de los deberes que me imponen mis creencias y el hábito que visto, no puedo resolverme a conduciros a una muerte segura: nuestra antigua amistad y la caridad cristiana me lo prohÃben; pero es necesario que me prometáis permanecer prisionero en esta torre, y presentaros ante mà cuando os requiera.