El Monasterio

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—Hermanos —les dijo—, ya sabéis con qué celo hemos administrado esta santa casa. No he despilfarrado las rentas del convento; no he cambiado cada día mis vestiduras y ornamentos pontificiales; no he sostenido tropas de bardos y bufones holgazanes, excepto en las fiestas de Navidad y de Pascua, según las antiguas costumbres, ni he enriquecido a mis parientes o a mujeres extrañas a la comunidad.

—Confieso —declaró el padre Nicolás— que no hemos tenido un prior, desde la época del abad Ingilram, que…

Al oír estas palabras, que eran siempre el preludio de alguna larga historia, el abad se apresuró a interrumpirle:

—¡Que Dios se apiade de su alma! Pero no se trata de él en este momento; lo que deseo, hermanos míos, es saber si creéis que he cumplido fielmente los deberes de mi cargo.

—No tenemos la menor queja —contestó el subprior.

El padre sacristán, más prolijo, enumeró todos los servicios que el padre Bonifacio había prestado a la abadía: el refectorio había sido reparado, las bodegas ensanchadas, la comida de los hermanos más esmerada, las rentas del convento aumentadas…


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