El Monasterio

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—¡Nuestro deber! ¡Nuestro deber! —repitió el abad con impaciencia—. Pero ¿cuál es nuestro deber? ¿Nuestras campanas, nuestros breviarios y nuestros cirios, podrán alejar a los herejes? ¿Qué caso hará Murray de nuestros salmos y nuestras antífonas? ¿Como Judas Macabeo, puedo acaso combatir por la abadía de Santa María contra esos nuevos Nicanor?… ¿O mandar al sacristán que me traiga la cabeza de ese nuevo Holofernes?

—Vuestra reverencia tiene razón: esgrimir nosotros las armas sería violar las reglas de nuestra Orden y los votos que hemos pronunciado; pero, como la defensa es el derecho natural, os está permitido armar a vuestros vasallos.

—¿Creéis que soy un Pedro el Ermitaño, para ponerme al frente de un ejército?

—No; pero podemos oponerles un jefe experimentado, Julián Avenel, por ejemplo.

—¡Julián Avenel!… ¡Un bandido!… ¡Un desvergonzado!… ¡Un hijo de Satanás!

—Sea lo que quiera, sus talentos pueden prestamos muy buenos servicios. Ya sé el precio que les pone. Según parece, el pretexto de la incursión de los ingleses es apoderarse de sir Piercie Shafton, que saben se ha refugiado en los dominios de Santa María.

—Había previsto —exclamó el abad— que esa cabeza de chorlito iba a acarrearnos la desgracia.


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