El Monasterio

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Estas explicaciones tuvieron la virtud de tranquilizar al buhonero, quien convino con Glendinning en que marcharían juntos al día siguiente de madrugada. El buhonero guiaría a Alberto, y Alberto escoltaría al buhonero, hasta que encontraran el cuerpo de caballería de Murray.

Indudablemente la anciana no abrigaba ninguna duda respecto al resultado de su combinación, pues, llamando aparte a Alberto al despedirse de él, le recomendó que no tratara con demasiada dureza al pobre mercader; pero que, en todo caso, no se olvidara de quitarle una pieza de tela de seda negra para hacerse ella un vestido nuevo. Alberto echose a reír y se despidió.

El buhonero palideció cuando Glendinning, al llegar a una llanura árida y desierta, le reveló el extraño encargo que le había dado la anciana; pero volvió a tranquilizarse al ver el aspecto franco, comunicativo y amistoso de su joven compañero, y se desahogó prorrumpiendo en improperios contra aquella bruja.

—Anoche mismo le regalé una vara de la tela para que se haga una toca; pero al gato no debe enseñársele el camino de la despensa.

Al fin, completamente tranquilizado, desempeñó alegremente sus funciones de guía, conduciendo a Alberto a través de pantanos y sotos, valles y montañas, al camino que debía seguir el conde de Murray.


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