El Monasterio

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Los labradores de las abadías eran, como ya hemos dicho, más instruidos que los de los barones laicos; y podríase añadir que estaban mejor alimentados que instruidos, según la expresión proverbial, aunque su alimentación hubiera sido peor aún de lo que era. Para instruirse, tenían ciertos medios de que estaban privados los demás.

Los frailes conocían, por lo común, a todos sus vasallos, y trataban familiarmente a los demás principales, en cuyas casas eran recibidos con el respeto debido a su noble carácter de padres espirituales y de señores temporales; así es que, cuando un niño revelaba disposiciones al estudio, siempre había algún fraile, que, o con el propósito de dedicarlo al sacerdocio, o por pura bondad, le iniciaba en el arte de leer y escribir primero, y después le enseñaba cuanto él sabía. Como los jefes de esas familias eran más ricos, tenían más tiempo para reflexionar y más instrucción, estaban mejor conceptuados entre sus vecinos que por su opulencia relativa, tanto como los despreciaban por su carácter pacifista y poco emprendedor. Evitaban el trato con los demás, y temían verse obligados a intervenir en las querellas y disensiones que sostenían los vasallos de los señores seculares.



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