El Monasterio

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—Hermanos míos —les decía—, si Dios no ha permitido que nuestros guerreros salgan triunfantes del combate, ha sido porque desea que nosotros, sus soldados espirituales, suframos la palma del martirio, combate en el que seguramente obtendremos la victoria. Revistámonos con la armadura de la fe y preparémonos, si es necesario, a morir sobre las ruinas de este monasterio, a cuyo servicio nos hemos consagrado. Todos podemos recibir el mismo honor, en estas memorables circunstancias; todos, desde nuestro hermano Nicolás, cuyos cabellos grises parecen conservarse para llevar la corona de martirio, hasta mi amado hijo Eduardo, a pesar de haber llegado a última hora. Armaos de valor, hijos míos. No me atrevo a haceros la promesa, como mis santos predecesores, de que Dios realice un milagro para salvarnos, pues somos indignos de esa gracia especial que en los primeros tiempos llenaba de estupor a los herejes; pero, con la ayuda de Dios, veréis cómo vuestro abad llevará dignamente la mitra que habéis colocado sobre su cabeza. Retiraos a vuestras celdas, hijos míos, y orad con fervor; poneos vuestras albas y vuestras capas como en las ceremonias más solemnes, y estad dispuestos para salir procesionalmente al encuentro del enemigo, cuando el tañido de la campana anuncie su proximidad. Abrid la iglesia para que sirva de refugio a aquellos vasallos nuestros que por haberse distinguido en el combate de hoy, o por cualquiera otra causa, teman el furor del enemigo, y si sir Piercie Shafton ha tenido la suerte de salir ileso de la carnicería, decidle…


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