Ivanhoe

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A medida que los oídos de Isaac iban escuchando las esperanzas de huida implicadas en el anterior disgusto, empezó a levantarse gradualmente, pulgada a pulgada, como quien dice, hasta quedar arrodillado. Tiró entonces para atrás su cabellera gris y fijó sus ojos negros y penetrantes en la cara del peregrino con una mirada que expresaba esperanza y temor, y en la cual no estaba ausente la sospecha. Pero cuando oyó la parte final del parlamento, el terror que había sentido pareció revivir con nueva y más potente fuerza. Escondiendo de nuevo el rostro, exclamó:

—¡Mira que decir que yo poseo medios para asegurarme la buena voluntad de quien sea! Un solo camino conduce a ganar el favor de un cristiano, ¿y cómo podrá hallar dicho camino un pobre judío al que las continuas extorsiones tienen reducido a la miseria de Lázaro? —Y de pronto, como si el recelo fuera más poderoso que cualquier otro sentimiento que en él habitara, exclamó—: Por el amor de Dios, joven, no me traiciones… Por el gran Padre que nos hizo a todos, judíos y gentiles, israelitas e ismaelitas…, no me seas traidor. No dispongo de medios ni siquiera para comprar la buena voluntad de un mendigo cristiano, aunque sólo la tasara en un simple maravedí. —Mientras iba hablando, se levantó y agarró el manto del peregrino, mirándole suplicante. Como si temiera contaminarse, el peregrino consiguió librarse de su contacto.


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