Ivanhoe
Ivanhoe —Aunque estuvieras cargado con todas las riquezas de tu tribu —le dijo—, ¿qué interés podrÃa tener en perjudicarte? Estas vestiduras me obligan al voto de pobreza y no renunciarÃa a ellas por nada, excepción hecha de un caballo y de una cota de malla. Por lo tanto, no creas que tengo ningún interés en acompañarte ni que sea mi intento aprovecharme; quédate si es tu deseo… Cedric el Sajón te protegerá.
—Por desgracia —dijo el judÃo— no me permitirá unirme a su cortejo…, tanto sajones como normandos se avergüenzan del pobre israelita, y en cuanto a atravesar los dominios de Philip de Malvoisin y de Reginald Front-de-Boeuf… Buen mancebo, ¡iré contigo! Démonos prisa…, recojamos nuestras cosas volando. Aquà tienes tu bordón, pero ¿por qué te entretienes?
—No me entretengo —dijo el peregrino, calmando la impaciencia de su acompañante—, pero debo antes pensar el modo más seguro de abandonar este lugar. SÃgueme.
Abrióse paso hacia la celda adjunta que, como el lector ya sabe, estaba ocupada por el porquerizo Gurth.
—Levántate, Gurth —dijo el peregrino—, y hazlo pronto. Abre la puerta trasera y déjanos salir al judÃo y a mÃ.