Ivanhoe

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Gurth, cuyo oficio, tan poco considerado en nuestros días, le daba el rango de un Eumeo en la Inglaterra sajona, se ofendió por el tono familiar y autoritario empleado por el peregrino.

—El judío abandonando Rotherwood y viajando junto al peregrino —dijo apoyándose en el codo y mirando con suficiencia, sin abandonar el camastro.

—Ver salir al judío acompañado del peregrino me parece más irreal que huir con una pieza de tocino bajo el brazo —dijo Wamba, que acababa de entrar en el cuarto.

—De todos modos —dijo Gurth, reclinando de nuevo la cabeza sobre el tronco de madera que hacía las veces de almohada—, tanto el judío como el gentil tendrán la bondad de esperar a que se abra la puerta principal. No podemos consentir que tan honorables huéspedes nos abandonen a hora tan temprana.

—De todos modos —dijo el peregrino con tono autoritario—, creo que no habréis de negarme este favor.

Y así diciendo se acercó al lecho del reticente porquerizo y murmuró a su oído algo en sajón. Gurth se levantó de un brinco, como electrizado. El peregrino, levantando el índice como recomendando cautela, añadió:

—Cuidado, Gurth; cuidado con lo que haces. Siempre te he tenido por un hombre prudente. Repito, levanta el pestillo. No has de tardar en saber más.


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