Ivanhoe
Ivanhoe Gurth le obedeció con celeridad, mientras Wamba y el judÃo le seguÃan, maravillados del súbito cambio en la actitud del porquerizo.
—¡Mi mula, mi mula! —dijo el judÃo tan pronto la poterna estuvo abierta.
—Dale su mula —dijo el peregrino—, y, óyeme…, proporcióname otra a mà y asà podré acompañarle hasta que esté lejos de aquÃ…; la devolveré en buen estado a alguno de los componentes del cortejo de Cedric, en Ashby. Y tú lo que has de hacer es… —y el resto lo dijo al oÃdo de Gurth.
—De buena gana lo haré, de muy buena gana —dijo Gurth, partiendo al instante para cumplir el encargo.
—Me gustarÃa saber —dijo Wamba cuando su amigo volvió la espalda— qué cosas aprendéis los peregrinos en Tierra Santa.
—A rezar, loco —contestó el peregrino—, y también aprendemos a arrepentimos de nuestros pecados y a mortificarnos con ayunos, vigilias y largas plegarias.
—Algo más poderoso que todo eso debéis aprender —contestó el bufón—, porque no puedo creer que el arrepentimiento y los rezos puedan hacer de Gurth un hombre educado, como tampoco creo que ni ayunos ni vigilias le convencieran para dejaros una mula… Tal como le conozco, más consideración hubierais encontrado en el verraco de la manada hablándole de vigilias y penitencias que no con Gurth. ¡Valiente tipejo está hecho!