Ivanhoe
Ivanhoe —Nuestros caminos se separan aquà —dijo el peregrino—, porque no conviene a hombre de mi carácter y condición viajar contigo más de lo necesario. Además, ¿qué clase de socorro puedes esperar de mÃ, un pobre peregrino, contra dos individuos armados?
—Buen mancebo —contestó el judÃo—, tú puedes defenderme y yo sé que lo harÃas de buen grado. Pobre como soy, sabré recompensarte…, no con dinero, ya que dinero, ¡el padre Abraham me ayude!, no tengo. Pero…
—Ya te indiqué —dijo el peregrino interrumpiéndole—, que de ti no quiero dinero ni recompensa. Guiarte sà puedo e incluso defenderte en cierto modo, ya que proteger a un judÃo de un sarraceno difÃcilmente serÃa considerado un deshonor por un cristiano. Sea tomo sea, judÃo, procuraré ponerte a salvo y bajo protección. No queda lejos la ciudad de Sheffield donde fácilmente has de encontrar alguien de tu misma tribu que te brinde refugio.
—¡La bendición de Jacob descienda sobre ti, buen joven! En Sheffield puedo cobijarme en casa de mi pariente Zareth y allà podré encontrar medios para viajar seguro.
—Asà sea —concluyó el peregrino—; en Sheffield nos separaremos y media hora de viaje nos pondrá a la vista de la ciudad.