Ivanhoe
Ivanhoe La media hora transcurrió en el más absoluto silencio; quizá el peregrino desdeñaba dirigirse al judÃo salvo en los casos de extrema necesidad, y el judÃo, por otra parte, no se atrevÃa a forzar una conversación con alguien cuya visita al Santo Sepulcro le conferÃa cierto grado de santidad. Se detuvieron en la parte más alta de una pradera ligeramente elevada. El peregrino, señalando hacia Sheffield, que se extendÃa a sus pies, repitió de nuevo:
—AquÃ, pues, nos separamos.
—No antes de que hayáis recibido mi agradecimiento —dijo Isaac—, ya que no quiero pedirte que me acompañes a casa de mi pariente Zareth, el cual podrÃa proporcionarme medios para retribuir tus buenos oficios.
—Ya te tengo dicho —contestó el peregrino—, que no deseo recompensa alguna. Si quieres escoger entre la larga lista de tus deudores a uno de ellos y perdonarle los plazos e intereses de tus préstamos, consideraré bien pagados los servicios que te he prestado, pues habrán servido para aliviar a un infeliz cristiano que puede hallarse en situación comprometida.
—¡Espera, espera! —exclamó el judÃo, agarrándose a sus vestiduras—. Deseo hacer algo más, algo para tu provecho. Dios sabe cuán pobre es este judÃo…, sÃ, Isaac es el mendigo de su tribu. Pero perdona si adivino lo que más necesitas en este momento.