Ivanhoe
Ivanhoe —En la ciudad de Leicester todo el mundo conoce al adinerado judÃo Kirjath Jairam de LombardÃa. Dale esta nota…, tiene en venta seis arneses de Milán, el peor de los cuales harÃa las delicias de una testa coronada… Y diez caballos…, también el peor de ellos podrÃa ser montado por un rey en trance de tener que defender su trono. Podrás escoger entre lo que más te plazca, junto con todo lo que necesitas para el torneo: cuando las justas hayan dado fin, lo devolverás todo en buen estado…, a no ser que prefieras pagarlo.
—Pero Isaac —dijo el peregrino sonriendo—, ¿no sabes que en estos ejercicios el caballo y las armas del caballero desmontado pasan a ser propiedad de su vencedor? Asà pues, puedo tener mala suerte y perder lo que no puedo reemplazar ni pagar.
Esta posibilidad pareció sorprender al judÃo, que rehaciéndose contestó con presteza:
—No… no… no. Es imposible. No quiero creerlo. Cuentas con la bendición de nuestro Padre. Tu lanza será tan poderosa como la vara de Moisés.
Y diciendo esto, tiró de las riendas de su mula; el peregrino, a su vez, le atrapó por el gabán.