Ivanhoe

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Esta ruda imprecación iba dirigida a nuestro viejo conocido Isaac, quien, vestido ricamente, incluso con magnificencia, llevaba un manto adornado con lazo y forrado de ricas pieles. Trataba por todos los medios de abrirse paso hacia la primera fila; iba acompañado de su hija, la hermosísima Rebeca, que se le había reunido en Ashby y que ahora le seguía cogida de su brazo. No daba muestras de ningún temor ante la ola de general descontento que levantaba la pretensión de su padre. Bien sabía Isaac, aunque en otros momentos le hayamos visto dar muestras de timidez, que en aquella ocasión nada tenía que temer. No sería ante una congregación masiva de gente, entre la que abundaban muchos de su raza, donde algún noble avaricioso o malévolo se atreviera a atacarle. En tales ocasiones, los judíos se hallaban bajo la protección de la ley común y, aunque ésta era menguada protección, ocurría con frecuencia que entre los reunidos se encontrara algún noble varón que por motivos propios se erigiera en su protector. En la ocasión presente, Isaac tenía una gran confianza; sabía que el príncipe Juan estaba negociando un préstamo importante con los judíos de York, dando ciertas joyas y terrenos en garantía. La parte que Isaac tenía en el trato era importante. Por otra parte, conocía el ferviente deseo del príncipe de cerrarlo cuanto antes, y todo ello le aseguraba la protección en el dilema en que se encontraba.


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