Ivanhoe
Ivanhoe La cara de Rebeca podía ciertamente resistir la comparación con la de las más orgullosas bellezas de Inglaterra, incluso si el juez era tan experto «conocedor» como el príncipe Juan. Su figura era exquisitamente simétrica y quedaba resaltada todavía más al ir envuelta en una especie de túnica oriental, según la moda de las mujeres de su tierra. El turbante de seda amarilla conjugaba a la perfección con el color moreno de su cutis. La brillantez de sus ojos, el soberbio arco de sus cejas, su bien formada nariz aquilina, sus dientes blancos como perlas y la gran profusión de velos que caían sobre su cuello y seno formando numerosas espirales, tantas como para poder compararse a cualquier magnífico manto persa de suave seda, exhibiendo flores bordadas en relieve representadas en sus colores naturales sobre fondo púrpura, daban un singular atractivo a la muchacha. Por otra parte, su vestido permitía entrever el cuello y el nacimiento de sus senos. El conjunto formaba una combinación muy atractiva que no empañaban las hermosas doncellas que a su lado estaban. También es cierto que tres de los broches de oro y perlas que cerraban su vestido, desde la garganta hasta el pecho, estaban desabrochados debido al calor, circunstancia que en cierto modo constituía una ventaja en la comparación ya aludida. Un collar de diamantes con colgantes de inestimable valor era uno más de sus atractivos. Una pluma de avestruz sujeta al turbante con un broche de brillantes era otro distintivo de la bella judía, escarnecida y despreciada por las damas orgullosas sentadas a su lado, pero envidiada en secreto por las mismas que afectaban ignorarla.