Ivanhoe
Ivanhoe —¡Por la calva de Abraham! —dijo el prÃncipe Juan—, esta judÃa debe ser la reproducción exacta de aquélla que volvió loco al más sabio de los reyes… ¿Y vos qué decÃs, prior Aymer? Por el templo de aquel sabio rey que nuestro aún más sabio hermano ha creÃdo imposible reconquistar, que se trata de la auténtica amada de que hablan los Cánticos.
—La rosa de Sharon y el lirio de los valles —contestó el prior con un suspiro—; pero Vuestra Alteza debe recordar que aun asà no deja de ser judÃa.
—¡Ah!, y también está ahà mi desleal Mammón —añadió el prÃncipe, sin hacerle el menor caso—. El marqués de los marcos, el barón de besantes[5], disputando una plaza a los perros sin un real cuyas deshilachadas capas no guardan ni una cruz para evitar que el diablo baile en ellas. ¡Por el cuerpo de san Marcos, que el prÃncipe de mis gastos particulares y su hermosa judÃa han de hallar acomodo en las gradas! —añadió—. ¿Quién es ella, Isaac? ¿Es tu esposa o tu hermana esta hurà oriental que sujetas contra ti como lo liarÃas con el cofre de tus tesoros?
—Mi hija Rebeca, si place a Vuestra Majestad —contestó Isaac calmosamente, nada intimidado por el saludo del prÃncipe. En él, la burla y la cortesÃa iban a partes iguales.