Ivanhoe

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—El cerdo sajón o está dormido o me tiene en poco… Pínchale con la lanza, De Bracy —ordenó a un caballero que cabalgaba a su hielo, jefe de una partida de asalariados, especie de tropas mercenarias llamadas «compañeros libres», es decir, mercenarios sin nacionalidad, pero al servicio de cualquier príncipe que pudiera pagarles. Tras aquellas palabras se alzó un murmullo en el mismo cortejo del príncipe Juan, pero De Bracy, cuya profesión le dispensaba de todo escrúpulo, extendió su larga lanza y seguramente hubiera ejecutado la orden antes de que el indeciso Athelstane hubiera recobrado la presencia de ánimo para esquivar el arma, si Cedric, tan rápido como lento era su amigo, no hubiera desenvainado con la prontitud del rayo la corta espada con que iba armado y, de un solo mandoble, separado el rejón del asta. La ira hizo subir la sangre a las mejillas de Juan. Soltó uno de sus más violentos juramentos y estaba a punto de proferir una amenaza no menos violenta, cuando fue disuadido de sus propósitos, en parte por sus propios acompañantes que se agruparon a su alrededor, y en parte debido al general aplauso que provocó la decidida acción de Cedric. El príncipe hacía girar sus ojos con indignación como si buscara alguna víctima propicia en la que descargar su ira. Quiso la casualidad que su mirada se encontrara con la mirada firme del arquero que ya conocemos, el cual persistía en sus aplausos y parecía desafiar al príncipe sacudido por la cólera.


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