Ivanhoe

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—No, eso no —dijo De Bracy—. Permanezca desocupado el trono y que sea el mismo vencedor del torneo el que designe la belleza que lo ha de ocupar. Será otro premio para su triunfo y enseñará a las damas a tener en más estima el amor de los caballeros valientes, capaces de elevarlas a tan alto honor.

—Si el vencedor es Brian de Bois-Guilbert —dijo el prior—, apuesto mi rosario que conozco el nombre de la reina del amor y de la belleza.

—Bois-Guilbert —dijo De Bracy— es una buena lanza, pero hay otras no muy lejos de este palenque que no temerían enfrentársele.

—Silencio, caballeros —dijo Waldemar—, y que el príncipe ocupe su asiento. Tanto los caballeros como los espectadores se muestran impacientes, se va haciendo tarde y ya ha llegado la hora de dar comienzo a los juegos.

El príncipe Juan, aunque todavía no era una testa coronada, tenía que soportar todas las desventajas de tener un favorito, en este caso Waldemar Fitzurse, que al prestar sus servicios a su soberano siempre quería hacerlo a su manera. De todos modos, el príncipe le dio la razón a pesar de que su temperamento era justamente el apropiado para discutir la más mínima cuestión y, rodeado por su cortejo, ocupó el trono y dio la señal a los heraldos para que procedieran a proclamar las reglas del torneo, que se pueden resumir así:


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