Ivanhoe
Ivanhoe —¡Largueza, largueza, galantes caballeros! —gritaron los heraldos poniendo asà fin a su proclama. Y a su conjuro empezaron a llover sobre ellos piezas de oro y plata desde las gradas, ya que era un honor demostrar prodigalidad en beneficio de aquéllos que eran los secretarios y cronistas acreditados de las gestas de la época. La generosidad de los espectadores fue premiada con los gritos:
—¡Amor a las damas! ¡Muerte de los campeones! ¡Honor a los generosos! ¡Gloria a los valientes!
A estos gritos se unió el clamor de los asistentes más humildes y los floridos sones marciales de la nutrida banda de trompeteros. Cuando se aplacó el estruendo, los heraldos abandonaron el palenque, con lo que quedaron en él únicamente los mariscales de campo hacia el extremo final, montados en sus caballos e inmóviles como estatuas. Al mismo tiempo, el espacio cerrado del extremo norte del palenque, espacioso como era, se veÃa poblado hasta rebosar de caballeros deseosos de enfrentar su destreza a la de los mantenedores. El conjunto, visto desde las gradas, ofrecÃa el aspecto de un mar de plumas en incesante movimiento, mezclado con el brillo de pulidos yelmos y largas lanzas, ante la mayorÃa de los cuales ondeaba un gallardete sujeto a su extremidad superior. Cuando soplaba la brisa los gallardetes ondulaban y aumentaba la vivacidad de la escena, a la que se unÃa el incesante temblor de las plumas.