Ivanhoe
Ivanhoe Cuando la trompetería sarracena dio por terminada una de las largas florituras con que había quebrado el silencio de la palestra, fue contestada por fin por una trompeta solitaria que emitió una nota de desafío desde la extremidad septentrional. Todos los ojos se volvieron hacia el nuevo campeón que anunciaba el son. Tan pronto se abrieron las barreras, el nuevo caballero hizo su entrada en el palenque. Por lo poco que podía adivinarse en un hombre provisto de armadura, el nuevo desafiador no sobrepasaba en mucho la talla media y parecía delgado de complexión. Su armadura era de acero con dibujos dorados, y sobre su escudo aparecía una joven encima desarraigada y, en español, la palabra «desheredado». Montaba un gallardo caballo negro, y al cruzar la palestra saludó al príncipe y a las damas, bajando con gracia la punta de la lanza. La destreza con que manejaba su corcel y una cierta gracia juvenil que se adivinaba en sus modos, contribuyeron a granjearle el favor de la multitud, cuyos representantes de clase inferior le demostraban su afecto gritándole:
—¡Toca el escudo de Ralph de Vipont! ¡Desafía al caballero hospitalario! ¡Es el jinete más inseguro; es la mejor opción que puedes hacer!