Ivanhoe

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Estaba oscureciendo cuando un criado judío entró en la habitación y colocó sobre la mesa dos lámparas de plata llenas de aceite perfumado. Los vinos más generosos y los más delicados manjares estaban siendo dispuestos sobre una mesa de ébano incrustada de plata, servidos por otro criado israelita. En la intimidad de sus casas, los judíos vivían con gran esplendor. En aquel momento, un criado informó a Isaac que un nazareno (así nombraban a los cristianos entre ellos), deseaba hablar con él. El que vive de la especulación debe estar siempre a la disposición de cualquiera que desee hablar de negocios, por lo que Isaac depositó al momento sobre la mesa el vaso de vino griego que no había llevado aún a sus labios, y tras decirle a Rebeca que se cubriera con el velo, ordenó que el visitante fuera introducido en la estancia.

Apenas Rebeca hubo escondido sus hermosas formas tras un velo plateado que le llegaba hasta los pies, cuando se abrió la puerta dando paso a Gurth, envuelto en los anchos pliegues de su manto normando. Su apariencia era más sospechosa que digna de confianza, especialmente porque, en vez de descubrirse, se caló más su bonete sobre la frente.

—¿Eres tú Isaac, judío de York? —preguntó Gurth el sajón.


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