Ivanhoe
Ivanhoe —¡Santa Virgen! —murmuró Gurth, dejando la copa—. ¡Con qué clase de vino se regalan estos perros infieles mientras los cristianos viejos debemos beber una cerveza tan turbia como el lodo en que se revuelven los cerdos! —y en voz alta continuó—: ¿Cuánto dinero traigo conmigo? Se trata de una pequeña suma, cabe en un puñado. ¡Vamos, Isaac! Aunque seas judÃo debes tener conciencia.
—Reconozcamos —dijo Isaac—, que tu amo ha ganado hermosos corceles y lujosas armaduras con la fuerza de su lanza y de su brazo. Es un buen mancebo. El judÃo tomará lo que traigas y devolverá la diferencia.
—Mi amo ya ha dispuesto de todo ello.
—Gran equivocación —dijo el judÃo—; ha sido una locura. No existe cristiano que pueda comprar tales monturas y armaduras…, y ningún judÃo podrÃa dar por ellas la mitad de su valor. Pero tú llevas cien cequÃes en esta bolsa —dijo Isaac palpando el saco escondido debajo de la capa—. Pesa lo suyo.
—Va repleta de clavos de arco —añadió Gurth con presteza.
—Bueno, entonces —dijo Isaac dudando entre su habitual afán de lucro y uno recién nacido de mostrarse liberal en la presente circunstancia—, si dijera que pido ochenta cequÃes por el buen caballo y la magnÃfica armadura, en cuyo caso no obtendrÃa ninguna ganancia, ¿traes dinero contigo para pagármelos?