Ivanhoe
Ivanhoe —Escasamente —dijo Gurth, aunque la suma pedida era más razonable de lo que habÃa esperado—. Y mi amo quedará sin un céntimo. De todos modos, si ésa es tu última oferta, debo conformarme con ella.
—SÃrvete otro vaso de vino —dijo el judÃo—. ¡Ah!, pero ochenta cequÃes es muy poco. No saco ni los intereses y, además, el buen corcel puede haber sufrido daños en los encuentros del dÃa. ¡Cuán peligrosamente se embestÃan! ¡Jinetes y caballos arremetÃan el uno contra el otro como toros salvajes de Bashan! El caballo debe haber salido dañado.
—Y yo repito que conserva el pellejo y los miembros sanos. En este estado le podrás ver en el establo. Y puedo afirmar en todas partes que setenta cequÃes son suficientes para pagarte y creo que una palabra de un cristiano vale tanto como la de un judÃo. Si no te contentas con setenta (sacudió la bolsa para que su contenido sonara), devolveré el dinero a mi amo.
—¡No, no! Deposita los talentos…, los denarios…, los ochenta cequÃes y verás cómo sabré mostrarme liberal contigo.