Ivanhoe
Ivanhoe Al fin pagó Gurth, y al depositar ochenta cequÃes sobre la mesa, el judÃo le extendió un recibo por caballo y armadura. Las manos del judÃo temblaban de gozo mientras contaba las primeras setenta monedas de oro. Las últimas diez las contó lentamente, una a una, y murmurando algo entre dientes antes de depositarlas en su bolsillo.
Daba la impresión de que su avaricia estaba en conflicto con la parte mejor de su carácter, obligándole a embolsar cequà tras cequà mientras su generosidad le presionaba a devolver una parte por lo menos a su benefactor o dar una propina a su enviado. Poco más o menos musitaba tales frases:
—Setenta y una…, setenta y dos. Tu amo es un buen mancebo. Setenta y tres, un joven excelente…, setenta y cuatro…, esta pieza ha sido limada por los bordes…, setenta y cinco…, ésta pesa poco…, setenta y seis…, siempre que tu amo necesite dinero, que acuda a Isaac de York…, setenta y siete…, quiero decir con avales razonables. —En este punto hizo una pausa larga, y Gurth alimentó la esperanza de que las últimas tres monedas se salvaran del destino que habÃan corrido sus compañeras, pero la enumeración prosiguió—: Setenta y ocho…, eres un buen muchacho…, setenta y nueve… y te has ganado algo.