Ivanhoe
Ivanhoe Aquà el judÃo se detuvo de nuevo y miró el último cequÃ, sin duda con la intención de recompensar a Gurth. Lo sopesó colocándolo sobre la yema del Ãndice y luego lo hizo sonar sobre la mesa. Si hubiera sonado sordamente o si le hubiera faltado algo de peso, la generosidad hubiera ganado la partida, pero, desgraciadamente para Gurth, la moneda no era falsa y daba el peso justo o quizá un gramo más. Era un cequà recién acuñado y tintineante. Isaac no tuvo corazón para separarse de él y lo dejó caer en la bolsa distraÃdamente, mientras decÃa:
—Ochenta, cuenta cabal, y espero que tu amo te sabrá recompensar con largueza. Claro que sà —añadió mirando la bolsa con afecto—. ¿Llevas más monedas en tu bolsa?
Gurth emitió un gruñido, lo cual constituÃa su modo de reÃr, y contestó:
—Aproximadamente la misma cantidad que con tanto cuidado acabas de contar. —Dobló entonces el recibo y lo depositó en su capa, diciendo:
—Peligra tu barba, judÃo, si esta copa no queda llena hasta los bordes —pero sin esperar, llenó el cubilete por sà mismo con desfachatez, lo vació por tercera vez y abandonó la sala sin andarse con ceremonias.