Ivanhoe
Ivanhoe El caballero se inclinó profundamente, pero no contestó. Mientras sonaban las trompetas, mientras los heraldos enloquecían proclamando honor a los valientes y la gloria a los vencedores, mientras las damas agitaban sus pañuelos de seda y sus velos bordados y mientras todo el graderío estallaba en un clamoroso grito de entusiasmo, los maestres de campo condujeron a través del palenque al Caballero Desheredado hasta el trono de honor ocupado por lady Rowena. Al llegar al primer escalón del trono, el paladín fue ayudado a arrodillarse. En realidad, todos sus actos, desde que el combate terminó, parecían dictados más por voluntad ajena que por su propio impulso, y pudo observarse que vacilaba mientras era conducido por segunda vez a través del palenque. Rowena, con paso digno y lleno de gracia, descendiendo del lugar que ocupaba, ya estaba a punto de colocar la corona que llevaba en la mano sobre el yelmo del campeón, cuando los mariscales exclamaron al unísono:
—Así no puede ser. Tiene que descubrirse.
El caballero musitó algunas palabras que se perdieron en la cavidad del yelmo; sin embargo, pareció haber dado a entender que no deseaba que se lo quitaran.