Ivanhoe
Ivanhoe Ya fuera por respeto al ceremonial o por curiosidad, los mariscales no hicieron ningún caso de las aprehensiones demostradas, sino que le libraron del yelmo cortando los cordones del casco y aflojando las hebillas de la gola. Hecho esto, pudieron verse las facciones bien formadas, aunque tostadas por el sol, de un joven de veinticinco años, enmarcadas en abundante y corto cabello rubio. Estaba pálido como la muerte y con la cara marcada en uno o dos sitios por huellas de sangre.
Tan pronto como Rowena le vio, dejó escapar un débil chillido; sin embargo, recuperando al instante el dominio de sí misma, se obligó a continuar, según pareció, y mientras temblaba bajo los efectos de la emoción súbita e inesperada, colocó sobre la cabeza inclinada del vencedor la magnífica corona que constituía la consabida recompensa de la jornada. Después pronunció con clara y bien entonada voz, estas palabras:
—Os entrego esta corona, señor caballero, como trofeo al valor que se otorga al vencedor de este día —hizo una pausa antes de añadir con firmeza—: ¡Y nunca tal corona podría ceñir sienes más dignas!
El caballero inclinó la cabeza y besó las manos de la encantadora soberana, de las cuales había recibido la recompensa, y entonces, inclinándose aún más hacia delante, se desmayó a sus pies.