Ivanhoe
Ivanhoe —¡Un generoso prÃncipe! ¡El más noble señor es aquel que carga sobre sus espaldas la tarea de recompensar a sus fieles partidarios! —tales fueron las palabras de la comitiva, puesto que los que en ella figuraban esperaban similares prebendas a expensas de los seguidores y favoritos del rey Ricardo, si es que ya no gozaban de ellas. También el prior Aymer se hizo eco del sentir general, apuntando una particularidad de que la sagrada Jerusalén no podÃa ser considerada como tierra extraña. Era la communis mater, la madre de todos los cristianos. Pero tampoco veÃa con buenos ojos que el caballero Ivanhoe alegara tal circunstancia, ya que el prior tenÃa la seguridad de que los cruzados mandados por Ricardo no habÃan llegado mucho más lejos de Askalón, ciudad que, como todo el mundo sabÃa, era filistea y no poseÃa ninguna de las prerrogativas de la Ciudad Santa.
Waldemar, que por simple curiosidad se habÃa aproximado al lugar donde habÃa caÃdo Ivanhoe, se encontraba de regreso. A su llegada, dijo:
—El valiente guerrero no está en condiciones de causarle molestias a Vuestra Alteza, y ya puede Front-de-Boeuf disfrutar tranquilamente de sus bienes. Está herido de gravedad.