Ivanhoe
Ivanhoe —Sea como sea —dijo el prÃncipe Juan—, es el triunfador del dÃa, y aunque fuera nuestro más acérrimo enemigo, o el más devoto amigo de mi hermano, cosas ambas quizá coincidentes, sus heridas deben ser curadas. Que se encargue nuestro médico de que asà sea.
Una irónica sonrisa distorsionó el labio del prÃncipe mientras hablaba. Waldemar Fitzurse se apresuró a informar que Ivanhoe ya habÃa abandonado el palenque y que se encontraba bajo los cuidados de sus amigos.
—Me afectó hasta cierto punto —añadió— contemplar la pena de la reina del amor y de la belleza, la alegrÃa de cuyo reinado en este dÃa se ha transformado por esta desgracia en amarga tristeza. No soy hombre al que conmuevan los lamentos de una mujer por su enamorado, pero lady Rowena disimuló con tanta dignidad su angustia, traicionada por el temblor de sus manos y por el brillo de sus ojos libres de lágrimas, pero permanentemente fijos en el ser sin vida que yacÃa ante ella, que, lo confieso, llegó a asombrarme.
—¿Quién es esta lady Rowena —dijo el prÃncipe Juan— que tanto se habla de ella?
—Una sajona heredera de extensos dominios —replicó el prior Aymer—; una rosa de amor, una joya de riqueza, la más bella entre mil, un ramo de mirto, un tarro de perfume.