Ivanhoe
Ivanhoe —De gente extraña, milord, pero no la conozco. Un francés lo trajo y dijo que habÃa galopado dÃa y noche para ponerla en manos de Vuestra Alteza.
El prÃncipe examinó detenidamente el sello que aseguraba la envoltura de seda con tres flores de lis. Juan abrió la nota con evidente agitación, que se acrecentaba a medida que leÃa el mensaje, en el que habÃa estas palabras: «Cuidaos, porque el demonio anda suelto».
El prÃncipe, pálido como la muerte, miró primero al suelo y después al cielo como el condenado al que se le comunica que está sentenciado a la última pena. Recobrándose de los primeros efectos de la sorpresa, enseñó discretamente el billete a Waldemar y a De Bracy, diciendo:
—Esto quiere decir que mi hermano Ricardo está en libertad.
—Puede tratarse de una falsa alarma o una carta extraviada —dijo De Bracy.
—Es la letra y el sello del propio rey de Francia —replicó Juan.
—Entonces ya es hora —dijo Fitzurse— de agrupar a nuestros partidarios en York o en cualquier otra parte del centro del paÃs. Si tardamos unos dÃas, puede que sea demasiado tarde. Vuestra Alteza debe dar por terminada esta inútil diversión.