Ivanhoe
Ivanhoe Después de las deserciones, el número de competidores era sólo de ocho. El prÃncipe Juan abandonó el sillón real para observar más de cerca a los componentes del grupo de arqueros escogidos, entre los que habÃa algunos que vestÃan la librea real. Una vez satisfecha su curiosidad, sus miradas buscaron al que constituÃa el motivo de su resentimiento y pudo localizarlo en el lugar exacto que ocupaba el dÃa anterior y exhibiendo el mismo porte tranquilo de que ya habÃa dado muestras.
—Compañero —dijo el prÃncipe—, ya pude comprobar, por tu insolente presunción, que no eras un verdadero arquero. Ahora comprendo que no te atreves a poner a prueba tu destreza ante hombres de tanta valÃa como los que están congregados.
—Por favor, milord —contestó el campesino—; tengo otra razón para no participar, además de la aprensión que puedan causarme la desgracia y el nerviosismo.
—¿Y cuál es esta otra razón? —preguntó el prÃncipe Juan, quien, por causas que ni él mismo lograba confesarse, sentÃa una irresistible curiosidad hacia aquel individuo.
—Sencillamente —replicó el campesino—, porque desconozco si estos arqueros están habituados a disparar contra los mismos blancos. Por otra parte, no sé cómo le sentarÃa a Vuestra Alteza tener que otorgar un tercer premio a alguien que, sin desearlo, ha caÃdo en desgracia.