Ivanhoe
Ivanhoe El sol, que sirvió al caballero para orientarse, acababa de esconderse detrás de las colinas de Derbyshire, y cualquier intento de proseguir su camino fácilmente podía extraviarle. Después de haber buscado en vano el sendero más pisoteado, con la remota esperanza que le condujera a la cabaña de algún pastor o al refugio de algún montero, el caballero decidió confiarse a la sagacidad de su caballo. La experiencia le había mostrado en anteriores ocasiones la maravillosa habilidad que poseen estos nobles brutos para resolver tales emergencias.
Tan pronto como el corcel, fatigado por la larga jornada, habiendo soportado el peso de un jinete vestido de acero, notó que las riendas se distendían y que podía usar libremente de su albedrío, pareció recobrar nuevas fuerzas. Porque si ya no respondía al estímulo de las espuelas a no ser con un relincho, ahora se mostraba orgulloso de la confianza en él depositada. Estiró las orejas al tiempo que iniciaba un trote más ligero. El sendero que escogió el animal se encontraba en dirección contraria al que había seguido el caballero, pero como el caballo parecía muy seguro de su elección, el jinete no rectificó la marcha.