Ivanhoe
Ivanhoe —De todos modos, en vuestro lugar yo aprovecharÃa la luz de la luna para cazar, cuando los guardas forestales están calentitos y tranquilos en la cama. Silenciosamente, sin ser visto, mientras musitara mis oraciones, dejarÃa ir un dardo contra los rebaños de ciervos que pacen en el claro del bosque. Confesadme, santo clérigo, ¿nunca habéis practicado este pasatiempo?
—Amigo Holgazán —contestó el ermitaño—. Ya habéis visto todo cuanto pueda interesaros de mi refugio y bastante más de lo que merece quien toma posesión por la violencia. Hacedme confianza; mejor es gozar de lo bueno que Dios haya podido mandaros que no mostraros impertinente intentando averiguar de dónde procede. Llenad vuestra copa y sed bienvenido y, además, os ruego que no me obliguéis con preguntas impertinentes a demostraros que difÃcilmente hubierais ganado este refugio de haberme yo empeñado en impedÃroslo.
—¡A fe mÃa que ahora más que nunca habéis despertado mi curiosidad! Sois el eremita más misterioso que nunca haya podido encontrar y sabré más de vos antes de separarnos. Y respecto a vuestras amenazas, debéis saber, santo varón, que os las estáis viendo con uno cuyo oficio es el de enfrentarse al peligro dondequiera que pueda dar con él.