Ivanhoe
Ivanhoe —Señor Caballero Holgazán, bebo a vuestra salud —dijo el ermitaño— y respeto mucho el valor, pero conservo algunas dudas acerca de vuestra discreción. Si queréis competir con las mismas armas os administraré con toda amistad y amor fraterno tal penitencia y completa absolución, que serán suficientes para curaros durante doce meses del pecado de la curiosidad.
El caballero le rogó que eligiera las armas.
—Desde las tijeras de Dalila al clavo de Jael y a la cimitarra de Goliat —replicó el ermitaño—, no existe arma alguna con la cual no pueda venceros; pero, si he de competir con vos, ¿qué decÃs, buen amigo, de estas fruslerÃas?
Y asà hablando abrió otro armario y sacó de él un par de espadas de hoja ancha y dos escudos del estilo de los usados por el pueblo llano en aquella época. El caballero, que vigilaba sus movimientos, observó que en este segundo escondite habÃa dos o tres excelentes arcos largos, una ballesta, un mazo de dardos y media docena de carcajes. Un arpa y otros varios objetos de apariencia poco clerical también se hicieron visibles cuando fue abierto el oscuro escondrijo.