Ivanhoe
Ivanhoe —¡Silencio, lady Rowena! Es éste el único extremo sobre el que no os he de hacer caso. Preparaos para la fiesta del prÃncipe: hemos sido invitados con tanta cortesÃa y se nos ha hecho tanto honor como nunca lo habÃan hecho los altivos normandos a ninguno de nuestra raza desde el fatal dÃa de Hastings. Allà he de acudir aunque sólo sea para demostrar a estos normandos orgullosos cuán poco puede afectarle a un sajón la suerte de un hijo que ha sabido derrotar a los más bravos de entre ellos.
—Allà —dijo lady Rowena— yo no acudiré, y os ruego que os andéis con cuidado, que lo que vos calificáis como valor y constancia no sea considerado como dureza de corazón.
—Entonces, quédate en casa, desagradecida dama —contestó Cedric—; tú eres la que tiene duro el corazón, ya que sacrificas el destino de un pueblo oprimido a un afecto enfermizo y por mà desautorizado. Buscaré al noble Athelstane y con él asistiré al banquete de Juan de Anjou.