Ivanhoe
Ivanhoe Al decir esto, se afianzó en los estribos e, impaciente como estaba por la interrupción de su viaje, lanzó su jabalina al pobre Fangs. Porque se trataba de Fangs, que había seguido el rastro de su amo durante su disimulado viaje, lo había perdido en el tumulto y se regocijaba ahora de su reaparición con alegría incontrolable. La jabalina hirió la espalda del animal y poco faltó para que no lo clavara en el suelo, por lo que Fangs desapareció volando de la presencia del irritado caballero. También quedó herido el corazón de Gurth, ya que más daño le hizo este premeditado intento de degollar a su perro que el rudo trato a que él mismo había sido sometido. Habiendo intentado en vano llevarse las manos a los ojos, le dijo a Wamba, que tras observar el mal humor de su amo se situó prudentemente a retaguardia:
—Te ruego que tengas la amabilidad de secarme los ojos con el borde de tu manto; me molesta el polvo del camino y estas ataduras no me dejan valerme por mí mismo.
Wamba le concedió el favor y cabalgó a su lado, mientras Gurth guardaba silencio y compostura. Al fin no pudo contener sus sentimientos por más tiempo.